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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 



Capítulo 7 

El rompecabezas de su conducta 



De una u otra manera, la vasta mayoría de los cristianos cree que la 
conducta de Jesús proporciona, o debiera proporcionar, un modelo 
para nosotros. Esta noción, ampliamente extendida, llegó a ser un 
lema en años recientes, y miles de cristianos portaban un botón con la 
leyenda: "¿Qué haría Jesús?" (WWJD, por sus siglas en inglés.) Era una de- 
claración de testimonio y dedicación. 

Pero, por bien intencionado que esté, ese lema no toma en cuenta la compleji- 
dad que encontramos en la vida y la conducta de Jesús. Porque, si bien existen 
numerosos aspectos en los cuales sus acciones debieran proporcionarnos un 
patrón para las nuestras; hay también numerosas situaciones en las cuales una 
correspondencia literal, uno por uno, entre sus actos y los nuestros, sería muy 
difícil, o no sería aconsejable. 

Para comenzar, ¿qué haría yo si, después de haber estado orando en el campa- 
mento, descubro que el resto del equipo se fue en todos los botes disponibles, 
dejándome abandonado al otro lado del lago? Cuando eso le ocurrió a Jesús, él 
procedió a cruzar el lago ¡caminando sobre las aguas! ¿Pero qué haría yo? ¿En 
qué forma me puede ayudar el lema WWJD en una situación como esa? ¿Qué 
haríamos si un leproso viniera corriendo hacia nosotros en busca de sanidad? 
Por supuesto, una actitud como la que expresa el lema WWJD es mejor que 
una que considera que la conducta de Jesús es totalmente irrelevante para 
nuestra conducta y nuestras acciones en la actualidad. Porque, en realidad, hay 
un sentido en el cual somos llamados a imitarlo, un sentido en el cual su vida 
debe ser un modelo para nosotros. Pero es probable que todos concordemos en 
que hubo cosas que Jesús hizo en estricto cumplimiento de su rol como Mes- 
ías/Salvador. 



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Cuando hablamos acerca del "rompecabezas de su conducta", no nos referi- 
mos tanto a lo que hizo en estricto cumplimiento de su función como Mes- 
ías/Salvador, sino a aquellos aspectos en los cuales tenemos razones para pensar 
que es un modelo para nosotros. Por supuesto, los milagros de calmar la tor- 
menta o caminar sobre las aguas, nos asombran, pero no nos perturban. Lo que 
a veces nos deja desconcertados, al menos momentáneamente, son algunas de 
las otras cosas que hizo, o no hizo. 

En lo que sigue he seleccionado cuatro de tales incidentes como ejemplo: 

1. Mostrar aparente prejuicio racial 

Jesús estaba de visita cerca de la antigua ciudad de Tiro, y "una mujer cananea 
que había salido de aquella región clamaba diciendo: ¡Señor, Hijo de David, 
ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demo- 
nio" (Mateo 15:22; cf. Marcos 7:24-30). 

Respuesta inicial de Jesús: ¡Silencio total! 

Cuando la mujer, sin desalentarse, continuo suplicando, los discípulos le sugi- 
rieron: "Despídela, pues da voces tras nosotros". Nos está molestando, insistie- 
ron. Y, como si fuera un apoyo a la molestia que sentían, Jesús respondió, di- 
ciendo: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 
15:23, 24). 

En ese momento la mujer, más desesperada que nunca, cayó a los pies de Jesús 
y le rogó: "¡Señor, ayúdame!" Mateo 15:25). /Aceptará él su caso? Ella abre sus 
ojos y sus oídos, en suspenso doloroso por escuchar su respuesta. Y esta es la 
respuesta que ha sobresaltado a los lectores de la Biblia durante todos los siglos: 
"No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos" (Marcos 
7:27). 

Frías, endurecidas, insultantes: así es como nos han llegado esas palabras hasta 
hoy. No parecen haber salido de los labios de Jesús. Él no hablaba así. ¿El Sal- 
vador del mundo menospreciando a una mujer, pobre y adolorida, que había 
venido a él en busca de ayuda? 

Una vez un hombre vino a hablar al personal de las oficinas centrales de la 
Iglesia Adventista en Silver Spring. Era un renombrado profesor de una universi- 
dad muy conocida, su tema aquel día se centró en la diversidad racial y cultural, 
y mientras se adentraba en su tema, se refirió a esta historia. Jesús, según nuestro 
orador, fue claramente insensible con aquella mujer. Como el resto de nosotros, 

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dijo el orador, necesitaba crecer en su apreciación de la diversidad racial y el valor 
de los seres humanos. 

Lo que más me impresionó no fue esta declaración del orador, por chocante 
que nos parezca. Ni tampoco el hecho de que su declaración pasó sin que nadie 
la objetara, aunque siguió un período de preguntas y respuestas. Fue la pertur- 
badora sensación de que probablemente nadie le dio mayor importancia a esta 
devastadora acusación contra el Salvador. Porque lo que aquel orador hizo, 
aunque pudo haber sido inadvertidamente, fue una negación de la condición 
mesiánica de Jesús. No es posible que alguien, con conocimiento de causa, 
llame perro a un ser humano, y ser el Mesías al mismo tiempo. Y tampoco el 
"crecimiento" que aquel orador proponía para Jesús resultaba coherente con las 
características de aquel que vino para ser nuestro Salvador. Como ser humano 
Jesús, ciertamente, necesitaba crecimiento (véase Lucas 2:52); pero si a la 
edad de treinta años, el Salvador del mundo todavía necesitaba incrementar su 
aprecio y comprensión de la dignidad humana elemental, entonces no tenemos 
un Salvador. Es así de sencillo. En el caso que nos ocupa, debería haberse acla- 
rado que la interpretación del orador resultaba claramente incompatible con lo 
que sabemos de Jesús en el resto de los Evangelios; inconsecuente con la si- 
guiente respuesta de Jesús; e incoherente con el resultado final del encuentro. 

Todo esto debería hacernos conscientes del hecho de que no se suponía que la 
declaración de Jesús debiera tomarse literalmente, sino que, como explica Elena 
G. de White, estaba expresando un común prejuicio popular para dar una lec- 
ción. Evidentemente, la mujer comprendió eso, porque tenía una ventaja 
muy importante que nosotros no tenemos; podía escuchar el tono de la voz de 
Jesús mientras hablaba, podía ver la expresión de su rostro. Podía leer el len- 
guaje de su cuerpo. Ella comprendió. "Bajo la aparente negativa de Jesús vio 
una compasión que él no podía ocultar". 2 

Así que, utilizando las mismas palabras de Jesús, quizá con un guiño en sus 
ojos, ella siguió presentando su petición, no dudando ni por un instante de su 
disposición a ayudarla: "Sí, Señor, pero aun los perrillos comen de las migajas 
que caen de la mesa de sus amos". 

Ahora sigue el glorioso climax: "Entonces, respondiendo Jesús, dijo: Oh, mujer, 
grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aque- 
lla hora". Grabe en su mente ese emocionante momento, si puede; y piense: 
¿Quién entre nosotros tendría la temeridad de decirle a aquella pobre madre, 

1 Ver Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 365. 

2 Ibld, p. 367 

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absolutamente transfigurada ahora por el gozo, que aquel hombre que le había 
hablado necesitaba crecer en su apreciación de la diversidad y el valor básico de 
la persona humana? 

No, la mujer sabía mejor lo que había ocurrido. Y también los discípulos que 
habían escuchado a Jesús hablar aquel día. "Cristo no respondió inmediata- 
mente a la petición de la mujer. Recibió a este representante de una raza des- 
preciada como la habrían recibido los judíos. Con ello quería que sus discípulos 
notasen la manera fría y despiadada con que los judíos tratarían un caso tal evi- 
denciándola en su recepción de la mujer, y la manera con que quería que ellos 
tratasen una angustia tal, según la manifestó en la subsiguiente concesión de lo pe- 
dido por ella". 3 

2. Departiendo con los indeseables 

Jesús estaba sentado a la mesa en la casa de Mateo, ex cobrador de impuestos, y 
todos los antiguos compañeros del ex publicano estaban presentes: invitados, por 
supuesto. Un surtido completo de "pecadores" "se sentaron juntamente a la mesa 
con Jesús y sus discípulos"; y la reunión causó un revuelo entre los siempre vigilan- 
tes fariseos, quienes preguntaron: "¿Por qué come vuestro maestro con los publí- 
canos y pecadores"? (Mateo 9:10-12). 

Recuerde que los cobradores de impuestos se encontraban entre la gente más odia- 
da en la cultura judía de los tiempos de Jesús. En realidad, no tenemos ningún 
equivalente de los cobradores de impuestos en nuestros tiempos, al menos en la 
sociedad occidental. Aunque algunos desprecian a las agencias colectoras de im- 
puestos de sus respectivos países, pocos de nosotros nos encontramos alguna vez 
con un agente en persona. Pero no era lo mismo en los tiempos de Jesús. Aquellos 
agentes eran bien conocidos. Ellos cobraban los impuestos, con frecuencia con 
métodos que difícilmente podrían diferenciarse de una estafa, un robo para llenar sus 
propios bolsillos; y, escándalo de los escándalos, trabajaban para una potencia ex- 
tranjera de ocupación. Los cobradores de impuestos en los tiempos de Jesús eran 
considerados por la mayoría del pueblo como sabandijas. 

En cuanto a los "pecadores" en este contexto particular, el concepto tenía un signi- 
ficado punzante muy especial en el lenguaje popular en los tiempos de Jesús. Se re- 
fería a las personas "clasificadas como extrañas a la raza judía". 



3 Ibíd. p. 366. 

R. C. H. Lenski, The Interpretation ofSt. Matthew's Gospel (Minneapolis: Augsburg Publishing House, 
1943), p. 363. 

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"Los cobradores de impuestos y los 'pecadores' (a veces "cobradores de im- 
puestos y prostitutas", Juan 9:24), los fariseos rechazaban a esas personas 
como parias y esperaban que Jesús hiciera lo mismo". 

Pero estas eran las personas con quienes Jesús departía en la mesa aquel día, en 
la atmósfera íntima de la sociabilidad del Próximo Oriente. No hay paralelos 
contemporáneos comparables. Sería como si un prominente dirigente religioso 
de la actualidad departiera fraternalmente con miembros reconocidos de la 
mafia o el crimen organizado, con una buena dotación de muchachas para 
completar el entretenimiento. Pero, al parecer, aquella conducta era normal para 
Jesús. Seguramente se requeriría más de un ejemplo de aquellos casos para es- 
tablecer la extendida acusación que circulaba y que escuchamos de los mismos 
labios de Jesús, que él era: "Comilón, y bebedor de vino, amigo de publícanos y 
de pecadores" (Mateo 11:18, 19). 

¿Pero cómo podemos describir esta asociación? Tenemos la tendencia a imagi- 
nar algo así como un bar o club nocturno, donde Jesús departe con gente de 
moral cuestionable. Hay comida y bebida, y la bebida ciertamente no es agua o 
jugo de frutas; traficantes de drogas ofreciendo su mercancía alrededor de él; y 
prostitutas profesionales haciendo negocios en los rincones oscuros. 

El tema aquí no es si el ministerio cristiano debiera o no tener lugar en ese tipo 
de ambientes. Lo que nos preguntamos es: ¿Describe ese cuadro correctamente 
lo que hizo Jesús, y si tenemos información bíblica de que esa fue la estrategia 
de testificación elegida por el Salvador? Si analizamos lo que ocurrió en la casa 
de Leví Mateo, por ejemplo, el incidente que volvió locos de rabia a los fariseos; 
vemos inmediatamente que no ocurrió ni en un bar ni en un club nocturno. 
Lo que tenemos aquí en realidad es un cobrador de impuestos convertido que 
invitó a todos sus amigos a conocer al amigo especial que había conocido. En 
palabras de R. C. Lenski: "Aquellos publícanos y pecadores sabían por qué hab- 
ían sido invitados, es decir, para que Jesús los librara de sus pecados. Era él 
quien mantenía el control de la situación entera, haciendo su necesaria y bendi- 
ta labor en favor de todos. Esto es algo enteramente diferente a la de ser atraí- 
dos por compañeros cuestionables donde uno desciende al más bajo nivel de 
todos los presentes y les permite que lo usen para sus propósitos". 

Creo que Lenski tiene razón. Aquellos que quieran seguir el ejemplo de Cristo 
siempre debieran tener en mente el motivo por el cual se mezclan con los demás. 
Cuando asistía a una reunión no se convertía en uno de la multitud; no se con- 



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fundía con la audiencia. No, la gente sabía que él estaba allí. Su presencia 
constituía su propio mensaje. Los cristianos socialmente dotados que han socia- 
lizado durante décadas, por así decirlo, y no han mostrado nada, temerosos de 
desplegar sus verdaderos colores, no están siguiendo en realidad el ejemplo de 

Jesús, 

Dijo Elena G. de White: "Sólo el método de Cristo será el que dará éxito para 
llegar a la gente. El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba 
hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía a sus necesidades y se ganaba 
su confianza. Entonces les decía: 'Seguidme'". 

3. Demostrar ira 

Cuando Jesús descendió del Monte de la Transfiguración, un hombre surgió 
de entre la multitud con la súplica de que sanara a su hijo. El les había lleva- 
do su hijo a los discípulos, le explicó el hombre, pero ellos no lo habían podi- 
do sanar. 

Lo que perturba en toda la historia es la respuesta de Jesús. Tal como la leemos 
en la traducción, nos da la impresión de que Jesús se sintió molesto por la peti- 
ción. "¡Oh, generación incrédula y perversa! , ¿hasta cuándo he de estar con 
vosotros'? ¿Hasta cuando os he de soportar? Traédmelo acá" (Mateo 17:17). 

Note las partes del texto que están en itálicas. Las palabras parecen extrañamen- 
te duras en los labios de Jesús. ¿Cómo podemos explicar ese tono? Nos parece 
escuchar los ecos de la frustración de Moisés cuando hirió a la roca dos ve- 
ces (en vez de hablarle solamente como se le había ordenado), las airadas pa- 
labras procedentes de sus labios fueron: "¡Oíd, ahora, rebeldes!, ¿os hemos de 
hacer salir agua de esta peña?" (Números 20: 10). 

¿Qué estaba pasando allí? ¿Qué tenía Jesús en mente cuando le decía a la gente 
"generación perversa"? ¿Qué quiso decir cuando formuló la pregunta: "¿Hasta 
cuándo he de estar con vosotros ?" 

Este es un problema difícil de resolver y prefiero dejarlo como está. Tengo la 
impresión de que algo estaba pasando en el ambiente y en el pasaje que no es 
evidente en la superficie. 

Los Evangelios mencionan al menos otras tres ocasiones cuando Jesús se mani- 
festó, no solo irritado, sino también (al parecer) airado (véase Mateo 21:12, 13; 
21:18-21; y Marcos 3:1-5) 

7 Elena G. de White, El ministerio de curación, p. 1 02. 

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Una de estas ocasiones ocurrió al final de su entrada triunfal en Jerusalén, en 
una espectacular demostración de presencia pública justo antes de su muerte. 
Cuando entró al atrio del templo al final de la marcha, "volcó las mesas de los 
cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está, mi ca- 
sa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladro- 
nes" (Mateo 21:12, 13). 

Echar a los comerciantes hambrientos de ganancias de sus lucrativas guaridas no 
era una tarea para un tipo blandengue; y la tarea de voltear las mesas no podía 
hacerse tranquilamente. Estamos hablando aquí de una demostración de fuer- 
za, con una considerable demostración de severidad e indignación rayana en la 
ira. 

El segundo incidente, para mencionar solo uno más, tuvo lugar un sábado en 
una sinagoga. La historia (que se analiza en el capítulo cinco de este libro) se re- 
fiere a un hombre que tenía una mano seca. Jesús, listo para rescatarlo de su 
dolor, le planteó una pregunta de prueba a la audiencia: "¿Es apropiado reali- 
zar un acto como este en el día de sábado?" 

La respuesta debiera ser obvia; pero le dieron como contestación un atronador 
silencio. Aquellos que habían venido en busca de una razón para acusarlo 
guardaron silencio, ansiosos de que Jesús hiciera lo que sabían que se proponía 
hacer; otros se mordieron las lenguas por temor a ese primer grupo. La malicia 
por un lado y la cobardía por el otro, todo eso perturbó a Jesús. Y Marcos dice: 
"Entonces, mirándolos alrededor con enojo", "entristecido por la dureza de sus 
corazones" (Marcos 3:1-5). 

La palabra griega que se usa aquí, orge, significa ira, indignación, enojo 8 y para 
decidir qué término funciona mejor se debe consultar el contexto. Nuestra palabra 
española indignación significa enojo, ira (de acuerdo con el Diccionario de la 
Real Academia). Basado en esa definición, es claro que "indignación" es la pa- 
labra que conviene más cuando Marcos dice que Jesús estaba "entristecido por 
la dureza de sus corazones". Era el colmo de la ruindad que aquellos oponentes 
de Jesús se opusieran hasta porque él quería sanar a aquel pobre doliente. Por 
eso se enojó Jesús. No una "ira ingobernable ocasionada por los celos", sino "la 
reacción divina hacia el mal". 9 Se indignó por la cobardía de la gente, por un la- 
do; y por la malicia, por el otro. Podríamos llamarla con toda razón: "justa in- 
dignación". 



Ver W. F. Arndt and F. W. Gingrich, Greek-Engjish Lexicón ofthe New Testament (Chicago y Londres: Un¡- 
versity of Chicago Press, 1979), p. 578. 

9 Tomé prestadas estas palabras, fuera de contexto, de Arndt y Gingrich, Ibid., pp. 578, 579. 
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Tomando en cuenta todos los ejemplos anteriores, especialmente el incidente al 
pie del Monte de la Transfiguración, yo creo que las siguientes palabras de Elena 
G. de White son muy apropiadas: "En su trato con los demás, él manifestaba el 
mayor tacto, y era siempre bondadoso y reflexivo. Nunca fue rudo, nunca dijo sin 
necesidad una palabra severa, nunca causó pena innecesaria a un alma sensible. 
No censuró la debilidad humana [...]. Cada alma era preciosa a su vista". 

4. No ayudar a un compañero en dificultades 

Mateo 14:12, 13 dice cómo reaccionó Jesús cuando supo que Juan el Bautista 
había sido puesto en prisión: Volvió a Galilea, alejándose de los problemas que 
hervían en Judea. 

En Mateo 1 1:2-19, dice que cuando el encarcelado Juan escuchó hablar de Jesús, 
le envió al Maestro una delegación formada por sus propios discípulos, pre- 
guntándole: "¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?" Jesús 
respondió llamando la atención de los emisarios de Juan a sus obras milagrosas 
y a la predicación del evangelio a los pobres. Luego sigue la más deslumbrante 
descripción que Jesús hizo de un ser humano en todos los Evangelios, exaltando 
el ministerio de este intrépido mensajero de Dios. Juan era "más que profeta", 
dijo Jesús. El era el "mensajero" enviado como heraldo para preparar el camino 
del Mesías. 

En su impresionante descripción del juicio final, Jesús enfatizó la importancia del 
ministerio de las prisiones (Mateo 25:36, 43). Sin embargo, jamás se acercó a 
la mazmorra donde estaba prisionero Juan. ¿Le parecería perturbadora esa 
conducta a Juan? Nunca lo sabremos. 

Finalmente Juan fue decapitado. Al saber la noticia, Jesús simplemente se re- 
tiró "de allí en una barca a un lugar desierto" (Mateo 14:13; cf. 14:1-12; Mar- 
cos 6:17-29). 
¿Qué haremos con estas respuestas de Jesús? 

Creemos que una posible pista para comprender el (al parecer) curioso (por no 
decir extraño) comportamiento de Jesús, se centra en la situación que estaba 
atravesando en aquel momento. Basados en la cronología propuesta para el 
ministerio del Bautista y de Jesús en el Comentario bíblico adventista ' ! parecería 
que para el tiempo en que el Bautista fue encarcelado, el ministerio de Jesús es- 
taba apenas empezando, solo tenía quince meses de trabajo, con toda la magni- 

10 Elena G. de White, Obreros evangélicos, p. 123. 

1 ' Ver Comentario bíbiico adventista, tomo5, pp. 203-224. 

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tud de su obra todavía por realizar. Completamente consciente de que las fuerzas 
que habían silenciado al Bautista estaban detrás de él también, Jesús tomó 
medidas para evitar que la obra que había venido a hacer, fracasara. 

Jesús podría haber actuado heroicamente, por supuesto, e intentado libertar al 
Bautista: tenía suficientes seguidores para armar una revuelta y atacar la prisión. 
Pero una acción tal habría comprometido su misión. Todo su ministerio había 
sido guiado por el cronograma divino (véase Juan 7: 6, 8), y como en su misión 
todo estaba todavía por hacer, el tiempo para confrontar a las autoridades to- 
davía no había llegado. No les daría la oportunidad para detener la misión de 
Juan, y su propia misión de un solo golpe. 

¿Y por qué no rescató a Juan, impidiendo que fuese decapitado? Una declara- 
ción que hizo en el Getsemaní quizá arroja luz sobre este tema. Amonestando a 
Pedro que había sacado un arma para defenderlo, Jesús dijo: "¿Acaso piensas que 
no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de 
ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario 
que así se haga?" (Mateo 26:53, 54). Lo que vemos aquí es que Jesús no tomó 
medidas para organizar fuerzas sobrenaturales en su propia defensa. Del mis- 
mo modo, no consideró prudente pedir ayuda divina para defender al persegui- 
do reformador, o venir en su ayuda de alguna otra manera. 

Por muy difícil que resulte comprenderlo, tal comportamiento debería producir 
enorme aliento a todos los que sufren en el nombre de Dios. Los elogios que 
Jesús hizo de Juan no podrían haber sido mayores. Este profeta del desierto dis- 
frutaba de la confianza del cielo. Sin embargo, sufrió solo, padeciendo al fin una 
trágica muerte, mientras el Salvador del mundo, Dios en carne humana y física- 
mente presente muy cerca de la prisión, no intervino en ninguna forma. 

Esto nos ayuda a contestar la persistente pregunta: "¿Dónde está Dios cuando su- 
frimos?" En la experiencia de Juan tenemos una respuesta parcial, en términos 
de la conducta de Jesús. Ellos "hicieron con él todo lo que quisieron" (Mateo 
17:12). Con esta observación amplió más el significado de la muerte del Bautis- 
ta. No fue simplemente Heredes: Toda la nación fue responsable de su muerte. 
"Así también", dijo Jesús ominosamente, "el Hijo del hombre padecerá de 
ellos" (Mateo 17:12). De este modo ligó su propia muerte con la de Juan, atri- 
buyéndole así a la muerte del Bautista significado cósmico. En el reino de los 
cielos, tal como lo imagino, se le harán tres preguntas al Bautista: Una, ¿re- 
cuerdas la ocasión de tu muerte? Y él responderá, sí. Dos, ¿te dolió? El res- 
ponderá al instante: Sí. Tres, ¿y cómo te sientes ahora? Y él responderá: ¡Esta 
última pregunta necesitaré una eternidad para contestarla! ¡Dios es tan bue- 
no! 

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